Enfrentando la desilusión ( Código – 2019-073 ) – Radios Fráter
  • febrero 26, 2019

Enfrentando la desilusión ( Código – 2019-073 )

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Yo bendije a Dios la primera vez que puse un pie en Guatemala, aquí en La Fráter. Fue un congreso al que vine y regresé a mi casa refrescado. Nunca había recibido tantos abrazos como en esa ocasión.
Este tiempo nos permite celebrar lo que hemos logrado, pero también nos ayuda a ver en perspectiva al futuro. Aunque lo que pasó atrás es maravilloso, el futuro demanda que hagamos ajustes hoy para llegar a donde tengamos que llegar. No debemos sentarnos en lo que hemos logrado hasta hoy sino tenemos que armarnos de ánimo y valor. Los retos son nuevos, son fuertes y como comunicad cristiana tenemos que llenarnos de amor y con la ayuda del Espíritu Santo continuar la obra.
Como cuando celebramos la Santa Cena, vemos al pasado para recordar el sacrificio de Jesús y para reflexionar en nuestro caminar hoy para anunciar la esperanza de Cristo.
Debemos proclamar la esperanza, y este tiempo nos ayuda a reflexionar en eso.
Mateo 11:2 dice: “Juan estaba en la cárcel, y al enterarse de lo que Cristo estaba haciendo, envió a sus discípulos a que le preguntaran: 3 —¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”
Juan el Bautista había impactado a la nación con una prédica de fuego, de arrepentimiento; donde muchos habían sido bautizados por él. Pero su prédica lo había llevado a la cárcel. Y eso no lo había visto venir. Imaginemos que somos los antecesores del Salvador y tenemos la esperanza que las cosas serán mejores. Pero para Juan no fue así, sus discípulos se fueron tras Jesús, luego lo encarcelan y empieza un momento de crisis porque no era eso lo que esperaba. Se llena de desaliento, de desesperanza y desilusión.
Leer lo que a Juan le pasó nos ayuda a entender que no importa quienes seamos, líderes activos o no, pasaremos momentos similares. Y la razón de leer esta historia es para captar el mensaje y aprender a seguir adelante.
Juan está confundido, él sabía quien Jesús era, pero aún así se cuestiona, ¿será que Jesús es el enviado de Dios? ¿Será que confié en la persona correcta?
Juan sabe que Jesús nació por obra del Espíritu Santo, él mismo es un milagro de Dios al haber sido concebido en la vejez de sus padres. Juan sabía que tenía la misión de preparar el camino del Salvador, preparado en el desierto. Juan bautizó a Jesús, escuchó la voz en el cielo, vio al Espíritu Santo descender sobre Jesús. Y aún así dudaba. Porque todos nosotros dudamos cuando las cosas no sales como esperamos. Juan estaba desilusionado.
La desilusión viene a nuestra vida cuando Dios no hace lo que creímos que iba a hacer. Cuando las cosas no salen como pensábamos, cuando las oraciones se quedan sin respuesta o cuando Dios las responde de otra manera. Cuando los amigos se van, cuando la traición toca la puerta en el ministerio. Cuando la carrera que querías seguir se cierra, o tu visa es denegada. Nos decimos ¿dónde está Dios?
Cuando tenía 20 años tenía el sueño de estudiar en Estados Unidos y estaba convencido que era plan de Dios. Un año oré, ayuné, mis padres me dieron permiso, mi pastor también. Tenía beca y las finanzas llegaron. Hasta que me negaron la visa, tres veces. Que Dios perdone a esa mujer que me la negó. De regreso a mi casa, renegué delante de Dios porque pensé que me había fallado. Vivimos en una época en la que nos encanta ponerle a Dios etiquetas y decirle cómo hacer las cosas. Pero Dios es soberano, nadie lo puede meter en un molde. Siempre habrá signos de preguntas cuando se trata de ese Dios al que queremos adorar.
La desilusión nos empuja a perder la esperanza. Así como los discípulos aquellos que iban camino a Emaús, cuando Jesús se les acerca y les pregunta ¿qué pasó? ¿porqué esas caras largas? Ellos le responden que si él es el único que no sabe qué había pasado el fin de semana. Y le cuentan lo que le pasó a Jesús, que el plan había salido mal, había sido una víctima. Estaban desilusionados, se había arruinado en plan.
La desilusión vendrá a tocar a nuestra puerta y nos dirá: “no hay plan, Dios no es soberano, estás a la deriva. Sálvese quien pueda.” Lucas 24:13 dice: “Aquel mismo día dos de ellos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén. 14 Iban conversando sobre todo lo que había acontecido. 15 Sucedió que, mientras hablaban y discutían, Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos; 16 pero no lo reconocieron, pues sus ojos estaban velados. 17 —¿Qué vienen discutiendo por el camino? —les preguntó. Se detuvieron, cabizbajos; 18 y uno de ellos, llamado Cleofas, le dijo: —¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no se ha enterado de todo lo que ha pasado recientemente? 19 —¿Qué es lo que ha pasado? —les preguntó. —Lo de Jesús de Nazaret. Era un profeta, poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo. 20 Los jefes de los sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para ser condenado a muerte, y lo crucificaron; 21 pero nosotros abrigábamos la esperanza de que era él quien redimiría a Israel. Es más, ya hace tres días que sucedió todo esto.”
Ellos tenían la esperanza de que Jesús fuera el Mesías, pero ya no. Le dijeron a Jesús que ya no creían en él. No hay nada peor que le pueda pasar a un ser humano que perder la esperanza. La esperanza no es otra cosa que ver el futuro y confiar que será mejor que el presente. No hay ser humano que pueda caminar en este planeta sin decir: las cosas serán mejores. La esperanza levanta a las personas, pero al enemigo le encanta robarnos la esperanza.
La desilusión nos nubla la razón para que veamos que aún en medio de momentos difíciles, siempre hay destellos en lo que vemos a Dios obrando en nuestra vida. Es Dios diciéndonos “estoy contigo, no te he abandonado.”
Eso pasó con las mujeres que fueron con la noticia de que Jesús no estaba en la tumba y los discípulos no les creyeron. En medio de las crisis Dios usa ciertas cosas que si las sabemos interpretar nos dan la esperanza de que Dios está con nosotros. Nuestra fe es fortalecida.
La desilusión nos vuelve duros para creer. Jesús les tuvo que decir en Lucas 24:25 “—¡Qué torpes son ustedes —les dijo—, y qué tardos de corazón para creer todo lo que han dicho los profetas! 26 ¿Acaso no tenía que sufrir el Cristo estas cosas antes de entrar en su gloria?”
La madre de la desilusión es la incredulidad. Y cuando un corazón se ha dejado herir, desilusionar, lo que sigue es una incredulidad tremenda. A una esposa engañada, una oveja lastimada por su líder les cuesta volver a creer.
Hay 3 cosas que debemos entender:
Jesús confronta la incredulidad. Muchos no creen en la oración, en el propósito de Dios. Debemos soltarla, confesar el pecado de incredulidad y creer que Dios nos perdona.

Necesitamos volver a la Palabra. Jesús explicó cómo desde Moisés hasta lo profetas, todo hablaba de él. Debemos leer la Biblia, las palabras de Jesús, sus actos, todo. Al hacerlo con un corazón sincero, nuestra fe es elevada y nuestra vida puede cambiar. No hay otro libro que pueda producir eso más que la Biblia.
El Padre nos está buscando. Como Jesús tras los discípulos camino a Emaús. Como Jesús buscando a Pedro luego que lo negó, hasta le hizo comida. Pedro fue confrontado con sus acciones, pero le dio una nueva oportunidad, y luego Pedro se convirtió en un ávido predicador del evangelio. Cuando nos damos cuenta que Dios nos está buscando en medio aún, de nuestra desilusión, es cuando experimentamos el amor del Padre.
Abracemos la esperanza, no importa lo que nos haya pasado. Dios tiene un propósito para nuestra vida. No todas las oraciones serán contestadas como queremos. No todas las cosas saldrán como queremos, pero la buena obra que Dios inició en nosotros la irá perfeccionando. Hay esperanza para nosotros.
Si la hubo para aquellos que se fueron a Emaús, para aquellos que se fueron a pescar, la hay para nosotros. La vida del cristiano no termina en un NO con la muerte. Aún en el caso terrible de la muerte, esa la puerta para una realidad eterna. Jesús se levantó de entre lo muertos y dijo “el que cree en mí no morirá jamás.”
Jesús en Mateo 11:4 dice: “Les respondió Jesús: —Vayan y cuéntenle a Juan lo que están viendo y oyendo: 5 Los ciegos ven, los cojos andan, los que tienen lepra son sanados, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncian las buenas nuevas. 6 Dichoso el que no tropieza por causa mía.”
Jesús le manda a decir a Juan, tu puedes estar en la cárcel, pero el reino sigue creciendo. No hay cárcel que pueda frenar la mano de Dios. Él sigue operando en el mundo. Hay cosas terribles que pasan, pero el sigue por encima de todo eso. Jesús le manda a decir a Juan que cobre ánimo, que ha hecho bien su trabajo.
Hay mucho trabajo por hacer, hay muchos que no conocen de Jesús, muchos enfermos que hay que llevar ante Jesús para que él los sane. No hay que estar pasivos. Debemos recuperar la esperanza.
En un tiempo, cuando perdí a mi madre, abandoné mi comunión con Dios. Hasta el punto de consumir pornografía mientras servía como director de alabanza. Y había mucha culpa, muchos deseos de dejar todo. Cuando me llamó mi pastor consejero, me preguntó cómo estaba; le conté todo. Llegó a mi casa unos días después y me ayudó. Un día tomó mi mano y me guio en la oración, en la lectura de la Palabra. Entre lagrimas, pude hablar con Dios y cuando leíamos la Biblia, en Hebreos, fui confrontado. El Espíritu Santo me conmovió y confesé mis pecados y recordé a Jeremías donde dice “yo se bien los planes que tengo para ti, planes de bien para darte una esperanza.” Y recuperé la esperanza.
Dios esta con nosotros, la historia de nuestra salvación fue marcada por sufrimiento y sangre, por medio de Jesús. Desechemos la pasividad y abracemos la esperanza porque Dios está con nosotros.

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