Porque sólo existe un legislador y juez ( Código – 2018-482 ) – Radios Fráter
  • noviembre 27, 2018

Porque sólo existe un legislador y juez ( Código – 2018-482 )

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Hay una ley en Guatemala para evitar el pánico financiero. No se pueden crear rumores sobre algún banco porque es penado por la ley. Y tampoco debemos hablar mal de las personas. Qué problemático es cuando alguien falsamente emite opinión sobre uno.

Esta problemática ha vendido desde siempre. En la Biblia vemos como a muchos le levantaron falsos testimonios. José, por ejemplo, fue acusado de querer abusar de la esposa de Potifar. David contra Goliat es otro ejemplo de calumnia. Nehemías es también un ejemplo donde dos perdonas hablan mal de él.

Pero ¿qué pasa cuando nosotros hablamos mal de otros? Muchas veces empieza con un chisme. Debemos evitar estas situaciones. Santiago 4:11 dice: “Hermanos, no hablen mal unos de otros. Si alguien habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga. Y si juzgas la ley, ya no eres cumplidor de la ley, sino su juez. 12 No hay más que un solo legislador y juez, aquel que puede salvar y destruir. Tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?”

Santiago menciona 13 veces la palabra “hermanos” porque quiere llamar la atención de los lectores. Les ordena que no difamen, que no hablen mal de otros. La conversación del que habla mal de otros, se fundamenta en: el orgullo, en la envidia o el enojo. Muchas veces hablamos llenos de orgullo, envidia, enojo y hasta con ignorancia de los hechos. El resultado es la destrucción de la reputación de otros. Santiago 3:14 dice: “Pero si ustedes tienen envidias amargas y rivalidades en el corazón, dejen de presumir y de faltar a la verdad.”

Santiago 3:16 dice: “Porque donde hay envidias y rivalidades, también hay confusión y toda clase de acciones malvadas.”

Santiago 4:1 dice: “¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos?”

Evaluemos nuestro corazón si estamos hablando mal de otras personas. No destruyamos la reputación de otros. La conversación del que habla mal de otros, busca desacreditar o destruir a la persona de quién se habla, destruir su reputación y con ello a la persona completa.

Cuando en una conversación se habla mal de otros, se destruyen relaciones. Es como aquel juego infantil “teléfono descompuesto”, donde una persona le dice algo a alguien al oído y este se lo dice al siguiente, y así hasta llegar al último. Cuando al final se comparaba lo que se dijo al principio con lo que se dijo al final era todo lo contrario. Así es el chisme.

Santiago habla en imperativos, órdenes que deben seguir, no es opcional. Seguramente estos judíos cristianos como leeremos en unos momentos estaban no sólo teniendo envidias y rivalidades entre ellos, sino que estas iban acompañadas del hablar mal de otros. ¿Cómo hablaban? Con el objetivo de destruir a los demás. Por eso eran rivales, se miraban como contrincantes, enemigos. Cuando alguien habla mal de otros, generalmente busca la destrucción de esa persona en las mentes de todos los que escuchan sus comentarios. Busca destruir su reputación.

La conversación del que habla mal de otros, comparte chismes o comentarios escuchados sin fundamento alguno, porque tiene orgullo, envidia, enojo o ignorancia. El que habla mal de otros generalmente repite los chismes y comentarios sin fundamento o sin siquiera tomarse el tiempo para verificar los hechos comentados. Porque el hablar mal de otros los desacredita y destruye reputaciones, debemos preguntarnos.

Hablar mal de otros o juzgarlos, es hablar mal de la ley y juzgarla. Santiago dice en el versículo 11: “Si alguien habla mal de su hermano, o lo juzga, habla mal de la ley y la juzga.”

Los lectores de Santiago sabían a qué ley se refería cuando lo menciona. ¿De qué ley habla Santiago? Lo más probable es que se está refiriendo no sólo al segundo mandamiento más importante que encontramos en Levítico 19:18 “No seas vengativo con tu prójimo, ni le guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.”

Levítico 19:16 dice: “»No andes difundiendo calumnias entre tu pueblo, ni expongas la vida de tu prójimo con falsos testimonios. Yo soy el Señor. 17 »No alimentes odios secretos contra tu hermano, sino reprende con franqueza a tu prójimo para que no sufras las consecuencias de su pecado. 18 »No seas vengativo con tu prójimo, ni le guardes rencor. Ama a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor.”

Cuando hablamos mal de nuestro prójimo, hablamos mal de la ley. Jesús mismo dijo que había que amar al prójimo. Cuando hablamos mal de nuestro prójimo nos convertimos en jueces. Hablar en contra de nuestro prójimo es una violación a esta ley de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. De perdonar, de no guardar rencor, de no ser vengativo. ¿Por qué juzga la ley? Porque la declara irrelevante en su vida. En lugar de someterse al segundo mandamiento, sus hechos demuestran lo contrario. La juzga y la declara inútil en su vida.

Hablar mal de otros o juzgarlos nos convierte en jueces y ya no en cumplidores de la ley. Santiago también dice en el versículo 11: “Y si juzgas la ley, ya no eres cumplidor de la ley, sino su juez.”

Debemos someternos a la autoridad de Dios, sí Él nos manda a no hablar mal de nuestro prójimo, debemos obedecer.

La ley de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, fue dada para que la cumpliéramos. Pero si hablamos mal de otros y juzgamos irrelevante esta ley, ahora ya no somos cumplidores sino jueces. Nos hemos elevado a un nivel que sólo le corresponde a uno. A Dios nuestro Señor. Él es el dador de la ley y el único juez que todo lo conoce.

Sólo existe un legislador y juez, Dios nuestro creador, sólo él puede salvar y destruir. Santiago también dice en el versículo 11: “No hay más que un solo legislador y juez, aquel que puede salvar y destruir.” Sólo Dios es el legislador, quien nos dio sus mandamientos y preceptos. Sólo Dios puede juzgar a los seres humanos y sólo él puede condenar. Cuando hablamos mal de otros estamos usurpando la posición que sólo a él le corresponde y la estamos usurpando con motivaciones incorrectas. Pues todo el que habla mal de otros como vimos juzga parcialmente motivado por la envidia, el enojo o el orgullo. Al convertirnos en jueces, creemos que somos superiores a todos, incluso a la misma ley.

¿Quiénes somos para juzgar a nuestro prójimo? Santiago 4:12 dice: “No hay más que un solo legislador y juez, aquel que puede salvar y destruir. Tú, en cambio, ¿quién eres para juzgar a tu prójimo?”

No tenemos ningún fundamento para hablar mal de otros. ¿Quiénes somos para juzgar a nuestro prójimo? Dios prohíbe el hablar mal de otros para la destrucción de sus reputaciones motivados por un espíritu crítico o destructivo. En lugar de hablar mal de otros, debemos hablar con ellos. “No hable mal de su jefe, hable con su jefe”. Hablar mal de otros nunca se resuelve nada. Hay que hablar con el que causa los problemas.

¿Significa esto entonces que nunca podemos mencionar las debilidades de otros para no hablar mal de ellos? 1 de Timoteo 3:1 dice: “Se dice, y es verdad, que, si alguno desea ser obispo, a noble función aspira. 2 Así que el obispo debe ser intachable, esposo de una sola mujer, moderado, sensato, respetable, hospitalario, capaz de enseñar; 3 no debe ser borracho ni pendenciero, ni amigo del dinero, sino amable y apacible. 4 Debe gobernar bien su casa y hacer que sus hijos le obedezcan con el debido respeto; 5 porque el que no sabe gobernar su propia familia, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios? 6 No debe ser un recién convertido, no sea que se vuelva presuntuoso y caiga en la misma condenación en que cayó el diablo. 7 Se requiere además que hablen bien de él los que no pertenecen a la iglesia, para que no caiga en descrédito y en la trampa del diablo.”

A la hora de seleccionar a alguien a un puesto de liderazgo en la congregación ¿Nadie hablaría mal de un candidato por temor a violar este mandamiento? Se debe decir la verdad en amor. No para destrucción sino para la edificación de aquellos a quienes guiará si fuera seleccionado. Lo mismo ocurre en cualquier proceso de selección de candidatos en cualquier empresa.

1 Corintios 4:5 dice: “Por lo tanto, no juzguen nada antes de tiempo; esperen hasta que venga el Señor. Él sacará a la luz lo que está oculto en la oscuridad y pondrá al descubierto las intenciones de cada corazón. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que le corresponda.”

Juzguemos lo que podemos juzgar y no lo que no podemos. No podemos juzgar las intenciones del corazón de otros, eso sólo Dios puede hacerlo

Sí podemos juzgar el comportamiento pecaminoso del que se llama cristiano. 1 Corintios 5:1 dice: “Es ya del dominio público que hay entre ustedes un caso de inmoralidad sexual que ni siquiera entre los paganos se tolera, a saber, que uno de ustedes tiene por mujer a la esposa de su padre. 2 ¡Y de esto se sienten orgullosos! ¿No debieran, más bien, haber lamentado lo sucedido y expulsado de entre ustedes al que hizo tal cosa? 3 Yo, por mi parte, aunque no estoy físicamente entre ustedes, sí estoy presente en espíritu, y ya he juzgado, como si estuviera presente, al que cometió este pecado.”

Pablo quería corregir, eso si se puede y se debe. Pero Santiago enseña que no debemos destruir.

Hay tres cosas que podemos poner en práctica.

Hablemos sólo si vamos a edificar y bendecir a quienes nos escuchan. Efesios 4:29 dice: “Eviten toda conversación obscena. Por el contrario, que sus palabras contribuyan a la necesaria edificación y sean de bendición para quienes escuchan”

Hable para edificar o calle para no fallar. ¿Cómo podemos edificar? Si la persona no está presente, no hable. Si tiene algún problema con alguien no hable de ella. No hablemos de las personas, hablemos con las personas.

Tengamos misericordia de los errores de los demás. Misericordia es la inclinación a la compasión hacia los sufrimientos o errores ajenos. El antónimo de la misericordia es la dureza, la inhumanidad. La actitud que debemos tener ante los errores de los demás la encontramos en las palabras del apóstol Pablo. Gálatas 6:1 dice: “Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado.”

Jesús, juzgó y mostró compasión. Jesús perdona los pecados, porque el murió en la cruz en nuestro lugar. Hoy es abogado, pero regresará por segunda vez como juez. Tal y como pasó con la mujer adúltera: “Ni yo te condeno. Vete y no vuelvas a pecar”. O como le dijo a un paralítico: “Animo, hijo, tus pecados son perdonados”. Jesús será el juez al final de los tiempos, pero hoy en vida, es nuestro abogado. ¿Correrá al Santo para recibir por medio de su muerte en la cruz el perdón de pecados y la reconciliación con Dios?

Dios nos perdona y tenemos abogado, a Jesucristo y si le pedimos perdón, Dios nos perdona. Esa es la actitud que debemos tener. Éramos enemigos de Dios pero Jesucristo nos reconcilió con Él.

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