• diciembre 13, 2017

Una visita provechosa – Parte 2 ( Código 2017 – 485 )

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Leamos en 1 Tesalonicenses 2:1 “Hermanos, bien saben que nuestra visita a ustedes no fue un fracaso. 2 Y saben también que, a pesar de las aflicciones e insultos que antes sufrimos en Filipos, cobramos confianza en nuestro Dios y nos atrevimos a comunicarles el evangelio en medio de una gran lucha. 3 Nuestra exhortación no se origina en el error ni en malas intenciones, ni procura engañar a nadie. 4 Al contrario, hablamos como hombres a quienes Dios aprobó y les confió el evangelio: no tratamos de agradar a la gente, sino a Dios, que examina nuestro corazón. 5 Como saben, nunca hemos recurrido a las adulaciones ni a las excusas para obtener dinero; Dios es testigo. 6 Tampoco hemos buscado honores de nadie; ni de ustedes ni de otros. 7 Aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido ser exigentes con ustedes, los tratamos con delicadeza. Como una madre que amamanta y cuida a sus hijos, 8 así nosotros, por el cariño que les tenemos, nos deleitamos en compartir con ustedes no solo el evangelio de Dios, sino también nuestra vida. ¡Tanto llegamos a quererlos! 9 Recordarán, hermanos, nuestros esfuerzos y fatigas para proclamarles el evangelio de Dios, y cómo trabajamos día y noche para no serles una carga.”

 

Aparentemente los judíos que habían perseguido a Pablo y lo habían hecho arrestar en Filipos, según leímos en Hechos 17:1-10, veían en la huida de Tesalónica una muestra que a ellos nos les importaban los tesalonicenses, que los habían usado para ganar dinero y que les habían enseñado mentiras. Y esto se había esparcido entre los miembros de esta recién fundada iglesia. Pero Pablo les escribe para que supieran que su visita no fue un fracaso.

 

Además, les dice que los problemas en Tesalónica que los hicieron salir huyendo, después de estar con ellos tres sábados, no había sido la primera vez que tenían esos problemas. Había llegado a Tesalónica huyendo también de Filipos, pero allí no solo huyeron sino los arrestaron, los azotaron, los encarcelaron, los vituperaron, los desnudaron y luego los soltaron, pero no se acobardaron, sino que cobraron valor y continuaron con esta labor de proclamar el evangelio.

 

Pablo aclara: no llegamos a Tesalónica con el propósito de engañar a nadie. Ni tuvimos que usar de excusas ni adulaciones para sacarle dinero a nadie, no hicimos eso. Los tratamos como una madre trata a un hijo que amamanta, con delicadeza, con amor, con ternura. Así debe ser la actitud del cristiano maduro ante los nuevos creyentes, Así como Pablo, Silas y Timoteo, no recurrieron a las adulaciones, ni a las excusas para obtener dinero. Ni Tampoco buscaron los honores de nadie, ni de ellos ni de otros. Sino al contrario, los trataron con delicadeza, con amor y con ternura.

 

Pero veamos hoy algo más de la defensa que Pablo hace, por su visita a Tesalónica. Dice 1 Tesalonicenses 2:10 “Dios y ustedes me son testigos de que nos comportamos con ustedes los creyentes en una forma santa, justa e irreprochable. 11 Saben también que a cada uno de ustedes lo hemos tratado como trata un padre a sus propios hijos. 12 Los hemos animado, consolado y exhortado a llevar una vida digna de Dios, que los llama a su reino y a su gloria.” Pablo continúa su defensa ante las palabras de los judíos que eran sus enemigos, quienes quisieron arrestarlo en Tesalónica, por la envidia al ver a unos pocos judíos, algunas mujeres prominentes y muchos griegos creer en el evangelio. Por ellos debió salir huyendo.

 

Pablo hace énfasis en que tiene dos testigos. Pero con el primero basta, porque dice: Dios y ustedes me son testigos. A veces nosotros nos desvivimos por agradar al hombre, pero realmente a quien debemos agradar es a Dios. Porque Dios siempre sabe lo que nosotros pensamos, sentimos y hacemos. Él es omnisciente, todo lo sabe. No solo es omnipotente, todo poderoso, puede destruirnos en un momento.

Hebreos 4:12 dice “Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón. 13 Ninguna cosa creada escapa a la vista de Dios. Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.”
El ser humano siempre que comete un pecado, busca esconderse. Esa ha sido la tendencia desde Adán y Eva. Ellos cometieron un pecado y se ocultaron. Según ellos se estaban escondiendo entre los arbustos y árboles, pero nadie se puede esconder de Dios. A veces cuando cometemos algún pecado y fallamos a Dios y a nuestro semejante, tendemos a escondernos, nos alejamos de la célula, nos ausentamos de las reuniones en la iglesia, nos alejamos de los amigos.
¿Por qué? Porque estamos tratando de esconder nuestra triste realidad. Pero ¿quién se puede esconder de Dios? Nadie. Si vamos a los más profundo, dice el salmista, ahí está Dios. Si vamos a lo más alto de las montañas, allí está Dios. Todo está al descubierto, expuesto a los ojos de Dios. Por eso es que Pablo dice: tengo dos testigos y uno de ellos es Dios. Dios sabe todas las cosas. A él no lo podemos engañar. Delante de Dios no hay secretos. Todos tenemos una vida pública, una privada y una secreta. Toda la gente conoce nuestra vida pública, algunos nuestra vida privada, pero Dios conoce también nuestra vida secreta. Aquella que no nos imaginamos que alguien la pueda conocer.

 

Y hoy en día en las redes sociales, usted publica un mensaje, una foto, cualquier evento y ahí queda para siempre. Esta semana alguien publicó una foto donde salgo, se mostraba cuando estaba entrando a una iglesia en Palín, Escuintla, pero iba en moto porque había habido una manifestación de salubristas y habíamos quedado varados por el tráfico. Y se hacía tarde para llegar a la iglesia, entonces llamamos a las personas de la iglesia, y mandaron a una persona con moto, para poder pasar fácilmente y llegar a tiempo para predicar. Pues mi hermana me llamó hace unos días y me preguntó si ya había regresado de Palín, porque me había visto en la foto. – Eso fue hace dos años – le dije.

 

Eso es lo que pasa, usted publica algo en las redes sociales y queda allí para siempre. Cuánto más en los archivos divinos está el record de a dónde vamos, de lo que hablamos, de lo que hacemos. De todo lo bueno y de todo lo malo. Todo está al descubierto delante de Dios nuestro Señor.

Además Pablo les dice: Ustedes son testigos de nuestro comportamiento. 5 veces hace mención de que ellos son los mejores testigos. Lo bueno de ser un predicador enraizado en una congregación, en un país o en una ciudad, es que estamos permanentemente a la vista de toda la sociedad. No solo nos ve nuestra familia, nos ven los vecinos, nos ven los comerciantes y empresarios de la ciudad, nos ven los funcionarios, nos ven los periodistas. Todo el mundo nos ve y evalúa nuestra conducta. Es por eso que vamos creando una reputación. Porque la gente ve como obramos en los bancos, en los negocios, en nuestras empresas y familias llegando a adquirir un testimonio público de lo que nuestra vida es.

 

Ahora, Pablo era itinerante en su ministerio, pero los pocos días que estuvo con los tesalonicenses les recordó cómo había sido su conducta con ellos. Fue de una forma santa. Eso significa que fue consagrada a Dios. Y nuestra vida debe ser consagrada a Dios. Aunque usted haga zapatos, sea mecánico, médico o abogado, su vida deber ser santa, consagrada a Dios. Todo lo que hagan de palabra o de hecho, háganlo como para Dios y no para los hombres, dicen las Sagradas Escrituras. Así que no importa lo que usted haga, hágalo como para Dios.

 

Vivimos de una forma justa, dijo Pablo. Quiere decir una vida de acuerdo a la justicia y a la razón. La justicia es dar a cada uno lo que le corresponde, y eso es lo que debe ser nuestra vida. Una vida justa, equitativa. Una vida de acuerdo a la razón. No hacemos cosas que van por encima de la razón, hacemos las cosas como deben de ser. Pablo también dijo que su vida había sido de una forma irreprochable. Una vida perfecta que no admite ni el más mínimo reproche. Ellos vivieron de una manera tal sin fallar a los tesalonicenses, que son inocentes e irreprochables.

 

El evangelio de Jesucristo siempre nos lleva a comportarnos de una manera santa, justa e irreprochable. ¿Podemos llamar a Dios y los demás como nuestros testigos de una vida santa, justa e irreprochable? Si llamamos a nuestra familia que de testimonio ¿Dará ese testimonio? O nuestros socios, nuestros vecinos.
¿Vive usted de una forma santa?, ¿Su conducta agrada a Dios? ¿Vive usted de una forma justa?, ¿Vive de una forma que es correcta ante otros? ¿Vive usted de una forma irreprochable? ¿Saldría inocente ante un juicio en su vida? ¿Quién podrá vivir así si es pecador?

 

¿Cómo podemos llevar una vida irreprochable? Hay una sola manera: cuando reconocemos a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Él nos da la oportunidad de vivir una vida limpia y nos empodera con el Espíritu Santo para honrarle. Porque por nuestras propias fuerzas no podemos. Seguramente hemos conocido a alguien que cada sábado dice: te prometo que es la última vez que lo hago. ¿Cómo podemos liberarnos? Solo a través de Cristo. Porque lo que quiero hacer, no hago; y lo que no quiero hacer, eso hago, dijo Pablo. 1 Pedro 3:18 dice “Porque Cristo murió por los pecados una vez por todas, el justo por los injustos, a fin de llevarlos a ustedes a Dios. Él sufrió la muerte en su cuerpo, pero el Espíritu hizo que volviera a la vida.”

 

Romanos 6:1 dice “¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado para que la gracia abunde? 2 ¡De ninguna manera! – Hay creyentes que, al leer esto dicen: si donde abundó el pecado sobre abundó la gracia, entonces pequemos para que la gracia abunde. Pablo dice que eso no es así. – Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él? 3 ¿Acaso no saben ustedes que todos los que fuimos bautizados para unirnos con Cristo Jesús en realidad fuimos bautizados para participar en su muerte? 4 Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva.”

 

Leamos el discurso de despedida de Samuel en 1 Samuel 12: “Samuel le habló a todo Israel: ―¡Préstenme atención! Yo les he hecho caso en todo lo que me han pedido, y les he dado un rey que los gobierne. –Con Samuel terminó un ciclo de jueces y profetas que gobernaban a Israel; y comenzó un ciclo de reyes, porque el pueblo quería tener un rey. – 2 Ya tienen al rey que va a dirigirlos. En cuanto a mí, ya estoy viejo y lleno de canas, y mis hijos son parte del pueblo. Yo los he guiado a ustedes desde mi juventud hasta la fecha. 3 Aquí me tienen. Pueden acusarme en la presencia del Señor y de su ungido. ¿A quién le he robado un buey o un asno? ¿A quién he defraudado? ¿A quién he oprimido? ¿Por quién me he dejado sobornar? Acúsenme, y pagaré lo que corresponda. –Yo quiero llegar un día como Samuel y decirlo a todos los de La Fráter: a quién le he robado algo. He pasado aquí más de 39 años y jamás le he pedido prestado algo a alguien, y eso es lo que me da satisfacción y decir como Samuel: ¡acúsenme! Los mismo dijo Pablo. Así como hay mucho que piden joyas, carros, de todo. Yo no haré eso. – 4 ―No nos has defraudado —respondieron—; tampoco nos has oprimido ni le has robado nada a nadie. 5 Samuel insistió: ―¡Que el Señor y su ungido sean hoy testigos de que ustedes no me han hallado culpable de nada! ―¡Que lo sean! —fue la respuesta del pueblo.” Puede uno pasar toda una vida frente a un pueblo sin aceptar soborno de nadie. Si Dios le ha permitido ser un funcionario público, siga el ejemplo de Samuel, no acepte sobornos. A veces es mejor decir “no gracias” a regalos, porque sabe que atrás de eso viene una exigencia que lo va a comprometer.

 

1 Tesalonicenses 2:11 dice: “Saben también que a cada uno de ustedes lo hemos tratado como trata un padre a sus propios hijos. 12 Los hemos animado, consolado y exhortado a llevar una vida digna de Dios, que los llama a su reino y a su gloria.”

 

Consolar, animar y exhortar. Esa es tarea de todos los papás cuando los hijos llegan tristes porque pierden un partido de algún deporte. O las hijas llegan tristes por un amor no correspondido. Tenemos que animar a los hijos.

Cada vez que nos reunimos en las células, llegan personas que necesitan ser tratadas como un padre trata a un hijo. Tendremos que consolarlos, animarlos y exhortarlos.  Recordemos que el único justo y que pudo llevar una vida digna de Dios fue Jesús. Nosotros somos pecadores, pero Cristo murió para darnos la oportunidad de cambiar nuestra vida. Y recordemos que desde nuestra conversión comenzamos un proceso de santificación para día a día ser conformados a la imagen de Jesús.  Romanos 8:29 dice: “Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. 30 A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.” Dios quiere transformar nuestra vida.

 

Las pruebas llegan, pero nos purifican. Cada día somos santificados. Cuando el joyero toma oro y lo pone en el crisol a altas temperaturas, con el calor, las impurezas se separan del oro. Antiguamente, los joyeros sabían que ya no había impurezas porque podían ver sus rostros reflejado en el oro. Así está el Señor, viendo si su imagen es reflejada en nuestra vida. La meta de Dios es que reflejemos la imagen de Jesús. ¿cómo lo vamos a lograr? Solo entregando nuestra vida al Señor. Gálatas 6:1 dice: “Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero cuídese cada uno, porque también puede ser tentado. 2 Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo. 3 Si alguien cree ser algo, cuando en realidad no es nada, se engaña a sí mismo. 4 Cada cual examine su propia conducta; y, si tiene algo de qué presumir, que no se compare con nadie. 5 Que cada uno cargue con su propia responsabilidad.”

 

Más de alguno podrá ser sorprendido en algún pecado. ¿Cómo debe ser nuestra actitud? Teniendo una actitud de humildad. Teniendo cuidado cada uno, sabiendo que, si él cayó, nosotros también podemos hacerlo. Aún más en la época de fin de año donde abundan los convivios.

 

Debemos reconocer que Jesús nació y murió en la cruz para darnos salvación. Dios puede perdonarnos, salvarnos y transformarnos a la imagen de su hijo Jesús.

 

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